Corría el mes de 1861, aquel año de las calamidades cívicas que agitaban a los espíritus, y de los repetidos movimientos sísmicos que no dejaban tranquilas en sus cimientos a las mansiones más bien asentadas. Por unas y otros, muchos hogares se enlutaban y la sombra siniestra de la pesadumbre los envolvía con su amargura.

Vivía entonces en un barrio de la ciudad de Mendoza una familia catamarqueña. El tiempo cubrió con su bruma el apellido de la familia. La historia del hecho, sólo nos recuerda que era un matrimonio joven con dos hijos, el menor de diez meses, hermoso como un ángel. Habían salido del terruño en busca de mejor fortuna.

Era la tarde del 20 de marzo de aquel año. El padre y el hijo mayor estaban a dos leguas de su casa de Mendoza, en una quinta en la que trabajaban; la madre en el hogar afanosamente disponía la cena. El pequeño descansaba en su cuna, jugando con sus manos o tal vez ofreciendo algo que tenía cerca de su pie regordete. Y fue en aquella tarde cuando el sismo convirtió en escombros gran parte de la ciudad de los Andes. Se derrumbó también la casa de los “catamarqueños”, como cariñosamente los llamaba en el barrio de San Francisco donde vivían.

Al sentir el estruendo del derrumbe, la mujer, que estaba cerca de su vivienda, pensó en su niño y gritó poniendo un jirón de corazón y de vida en cada palabra: “VIRGEN DEL VALLE SALVA A MI HIJO”. Luego cayó desvanecida allí donde se hallaba.

Así la encontraron su esposo y el otro niño cuando llegaron al lugar de la catástrofe. Vuelta en sí, juntamente con su esposo comenzaron a cavar desesperadamente en las ruinas polvorientas en procura del pequeño que había sido sepultado vivo. Felizmente la construcción no tenía casi consistencia, y después de ardua labor, la madre dio primero con los barrotes de la cuna, y asiéndose de ellos volvió a gemir como antes; pero su amor de madre le dio fuerzas para no desvanecerse y entonces, uniendo su clamor al inmenso clamor de la ciudad en ruinas, exclamó: “No… no… Madre Protectora del Valle; mi hijo no debe estar muerto, recuerda que siempre he rezado por ellos una salve…” Y siguieron cavando.

La techumbre se había hundido íntegramente. Las pesadas tijeras de madera cayeron formando un prodigioso ángulo bajo el cual estaban la cuna y el niño completamente ileso.

Ajeno a todo, sonreía mientras dormía con sueño plácido. El polvo le oscurecía completamente el rostro y parecía que había llorado un poco, pero entonces dormía mientras con su manecita regordeta apretada algo que pendía de su cuello sujeto a una cinta azul. Al sentir el aire fresco se despertó y abrió la mano; tenía una medalla plateada de la Imagen de la Virgen del Valle.

Sólo la Virgen pudo haberlo salvado de la muerte, decían invariablemente los vecinos que veían el estado en que había quedado la casa de los “catamarqueños”.

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